Julián
Me sorprendió el teléfono cuando salía de la ducha. Cogí las bragas y me las puse mientras contestaba. -Nena, he vuelto. En media hora estoy ahí. Era Julián, un antiguo compañero de estudios y juegos en el coche de su padre. Ojos verdes y una sonrisa pícara que bien merece un revolcón. Julián se fue a Dublín hace medio año para trabajar en campamentos infantiles y un mes más tarde se le fueron las ganas de volver. Colgué el teléfono y corrí a la habitación. La cama deshecha, ropa por todas partes y un zapato de tacón encima de la mesa, esperando a que yo encontrase su pareja. Metí todo en el armario y estiré un poco las sábanas, porque de todos modos íbamos a deshacer la cama en cuestión de segundos. Me puse el camisón, me peiné, saqué del frigorífico una botella de agua y la dejé junto a la cama. Cuando sonó el timbre, me quité las bragas y fui a abrir la puerta. Antes de que pudiera saludarle, Julián entró, me cogió de la cintura y me tumbó en el suelo con cuidado. Sonreía, con su melena despeinada por el viento y los ojos más brillantes que la última vez. Nos besamos durante varios minutos, sin levantarnos del suelo. Yo acariciaba su pelo con las manos, y él me acariciaba el cuerpo entero con las suyas. En algún momento, una de sus manos subió por mis piernas y descubrió que no llevaba bragas. Me miró, se levantó del suelo y me ayudó a levantarme. Cuando llegamos a la cama ya estábamos desnudos y ardiendo. Follamos despacio, llenándonos de besos, caricias y algún mordisco, respirando casi al mismo ritmo, ahogándonos. Al terminar, puso la cabeza sobre mi pecho y susurró "Te quiero, nena". Un rato después, se levantó, se vistió, me besó y se fue.
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