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Me encanta que me desnuden. Me encanta que me desabrochen la camisa, besando la piel que queda al descubierto. Me encanta que me quiten las medias muy lentamente, acariciándome las piernas. Me encanta, me vuelve loca que me bajen las bragas sólo con la boca, mordiendo tela y piel. Y me encanta que me observen cuando estoy desnuda, que me acaricien y me besen. Pero a veces simplemente no hay tiempo, el cuerpo arde en un infierno personal y necesitas hacerlo como si fuera una droga. Así que te limitas a apartar la ropa estrictamente necesaria y te olvidas de las caricias, los besos y las miradas, y te limitas a hundirte en una enorme piscina de placer.
Y qué más da si te despeinan o si se te arruga el vestido si nadie va a filmar lo que estás haciendo en tu habitación.
Sé que una noche de sábado acaba bien si tengo el teléfono de un chico en un papel dentro de mi bolsillo. O si tengo algún mordisco en la piel. O si, como ayer, vuelvo a casa intentando recordar si mi sujetador está sobre la mesilla de noche de alguien o directamente he salido sin él. No suelo olvidarme la ropa por ahí, tengo demasiado cariño a mis bragas como para regalarlas, pero de vez en cuando todos tenemos un despiste. Hay gente que se olvida de cerrar la puerta de casa, y hay gente que se olvida de recoger su sujetador. Porque después de una ración de sexo salvaje en la cama más grande que he visto en mi vida, con sonido de muelles permanente, me escapé de mala manera de los brazos de aquel chico extremadamente delgado (y sorprendentemente fuerte) y me vestí con prisa para salir de allí lo antes posible, y a Dios gracias que me olvidé el sujetador y no el vestido. Así que hoy, tras haber asimilado perfectamente que no volvería a ver a ese chico, tendré que ir a su casa, entrar en la habitación todavía con olor a sexo y la cama deshecha y recoger mi precioso sujetador bordado.
Ayer me decidí a darle mi teléfono al camarero de uno de esos bares de siempre. Voy allí casi todas las semanas desde hace varios años, me gusta la música que ponen y las copas son bastante baratas, y me llevo de lujo con los demás habituales. Además, el camarero es un bomboncito. Alto, moreno, con ojazos verdes y una sonrisa enorme y perfecta. Cuando empezó a trabajar en el bar le fiché, pero estaba convencida de que era gay: camisetas ajustaditas, bronceado perfecto hasta en enero y un amaneramiento imposible de disimular. Cuando se dio cuenta de que iba siempre y siempre pedía lo mismo, empezamos a charlar, y conectamos a la perfección. Era simpático y gracioso, y siempre me invitaba a alguna copa cuando el jefe estaba fuera, pero no tenía muy claro si intentaba ligar conmigo o quería ser mi amigo gay, esa especie tan de moda entre las chicas de las grandes ciudades. Después de meses de incertidumbre, un día salió en la conversación el tema "exnovios", y el presunto camarero gay me sorprendió hablándome de un chico que le había robado el corazón, al que había dejado varios años después por una azafata de vuelos. ¡La alegría que me dio descubrir que era bisexual practicante no me cabía dentro! A partir de ese día empecé a lanzarle señales claras de lo que quería, y a él no pareció molestarle. Cada sábado, entraba en el bar e iba directa a la barra, me sentaba y le decía lo guapo que estaba. A partir de ahí las siguientes dos horas se convertían en una batalla campal de indirectas con altísimo contenido sexual y temperatura febril, para terminar despidiéndonos con la frase "La próxima noche, más y mejor". Ayer me cansé de tanta conversación y tanta miradita asesina, así que me acerqué a él, le metí una tarjeta en el bolsillo y me marché con paso decidido. En la tarjeta, mi número de teléfono y un mensaje: "Tengo hambre de ti".
Mi lengua echa de menos recorrer las curvas de tu cuerpo. El sabor de tu piel suave, caliente por el sol. Las pequeñas montañas de los músculos de tus brazos, que se tensan cuando me sujetas con fuerza, cuando me levantas del suelo y te rodeo con mis piernas, cuando me llevas hasta la pared y aprietas tu cuerpo contra el mío como si quisieras tirar la casa abajo. Mis manos echan de menos hundirse en tu pelo y tirar de él cuando no me dejas gritar tapándome la boca. Arañar tu espalda firme y bajar hasta sujetar con fuerza tus nalgas. Rodear tu pene con los dedos, acariciarlo sin dejar de clavar mis ojos en los tuyos, susurrándote que soy tuya. Mis piernas echan de menos abrazarte, sujetarse a tu cuerpo con fuerza. Sentir la caricia aguda de tus uñas, el fino dibujo de piel enrojecida por ellas. Empujarte con fuerza hacia mí, sentirte dentro, dentro, dentro. Tu calor inundándome y robándome el aire con cada golpe de cadera. Mi cuello echa de menos tus dientes afilados y tu aliento tibio. Tu saliva humedeciendo mi piel ardiente, tu lengua subiendo hasta la barbilla, hasta el lóbulo de mis orejas, mordisqueando con pequeños pellizcos que me enloquecen. Mi cuerpo echa de menos al tuyo, seas quien seas.
Me tumbo en cama, desnuda, recién salida de la ducha. Pongo algo de música tranquila y bajo la luz. A mi lado, un cuenco con fresas recién lavadas, cubiertas de gotitas de agua. Cojo una fresa con dos dedos y la acerco a la boca, la froto con los labios, huelo su aroma fresco. Bajo la fresa húmeda por la barbilla, el cuello, el pecho. Noto el rastro de gotas de agua que queda en mi piel, que se eriza con el frío. Acaricio mis pezones con la punta de la fresa, con las yemas de mis dedos, y sigo bajando por mi vientre. Me detengo en el ombligo, siento cómo sube y baja mi pecho cuando se me acelera la respiración. Mis manos continúan bajando, la fresa suave me acaricia el pubis, los muslos, las piernas se abren en un acto reflejo y mi cuerpo se estremece con un escalofrío. Introduzco lentamente dos dedos en mi vagina cálida, mientras sigo paseando la fresa por mi cuerpo con la otra mano. Acaricio cada pliegue de mi cuerpo, cada punto que sé que me dará más placer. Conozco mi cuerpo como nadie lo hará jamás, y por ello me amo. Mis manos presionan, frotan, arañan mi piel con avidez, primero despacio, más rápido después. Respiro profundamente y cierro los ojos, para hundirme en la música que suena, y hundirme más aún en mi cuerpo. Mi interior se contrae, se revuelve por el placer. El aire está frío al contacto con mi piel ardiente. Entonces llega el calor intenso, mis piernas se abren más, tenso hasta el último músculo del cuerpo. De mi garganta sale un tímido gemido, mientras utilizo ambas manos para continuar esa ascensión de placer, de caricias, de movimientos dentro y fuera de mí. Finalmente, mi cuerpo explota, mi garganta explota, abro los ojos y soy consciente del placer, completamente mío. Quiero retener ese placer, ese escalofrío, para siempre, y poco a poco se disipa. Mi cuerpo se relaja, mi respiración se normaliza, mis manos acarician mi cuerpo lentamente. Acerco la fresa a mis labios, la muerdo y sabe más dulce que ninguna otra.
A veces, de verdad, pienso seriamente que debería escribir aquí más a menudo. Pero cuando tengo tiempo de escribir no sé que contar, y cuando tengo algo que contar estoy demasiado ocupada para pensar cómo escribirlo, aunque siempre he creído que sólo la mitad de lo bueno y adictivo del sexo corresponde a practicarlo, mientras que la otra mitad corresponde a hablar de ello. Yo procuro practicarlo tan a menudo como me es posible, y con mayor frecuencia hablo de sexo, del que practico y del que no. Me gusta hablar de sexo antes de practicarlo, mantener una de esas conversaciones cargadas de indirectas y dobles sentidos que sólo pueden desembocar en un arrebato de desnudez y mordiscos sin mesura. Y después del revolcón, lo mejor que se puede hacer es contarlo. Repasar la jugada con el compañero de turno, relatársela detalladamente a una amiga o confesárselo al cura, en definitiva significa lo mismo: al contarlo, lo recuerdas, y al recordarlo lo vives de nuevo, y lo disfrutas. Por eso creo que la gente debería hablar mucho más de sexo, y también debería aprender a hacerlo. Porque no es lo mismo hablar de las ganas que tienes de montarte un trío con dos negrazos que te empalmen a gusto, que contar tu última clase de macramé. La primera diferencia, queridos, os la daré yo misma: A las clases de macramé seguramente hayas empezado a ir por tu abuela.
Fierecilla joven, salvaje, de uñas y dientes largos, busca un hombre valiente y fuerte que la dome (o lo intente). Caballeros abstenerse, ya está bien de invitarme a cenar y tratarme bien. No necesito cenas románticas, no necesito ramos de flores, no quiero que me quieras ni que me digas lo bonita que te parezco. Quiero que me muerdas los labios y que me metas en tu casaa sin más. Quiero que me desnudes lo justo, quiero que me lamas la piel, quiero que mis bragas cuelguen del cabecero de tu cama. Quiero que irrumpas en mi cuerpo sin pedir permiso. Quiero sentir tus manos grandes y rudas en mi piel, sobre mis tetas. Quiero que lleves mis manos por tu cuerpo, quiero saborear el sudor de tu cuello. Quiero que me folles, que me folles, que me folles durante horas. Dómame.
Me sorprendió el teléfono cuando salía de la ducha. Cogí las bragas y me las puse mientras contestaba. -Nena, he vuelto. En media hora estoy ahí. Era Julián, un antiguo compañero de estudios y juegos en el coche de su padre. Ojos verdes y una sonrisa pícara que bien merece un revolcón. Julián se fue a Dublín hace medio año para trabajar en campamentos infantiles y un mes más tarde se le fueron las ganas de volver. Colgué el teléfono y corrí a la habitación. La cama deshecha, ropa por todas partes y un zapato de tacón encima de la mesa, esperando a que yo encontrase su pareja. Metí todo en el armario y estiré un poco las sábanas, porque de todos modos íbamos a deshacer la cama en cuestión de segundos. Me puse el camisón, me peiné, saqué del frigorífico una botella de agua y la dejé junto a la cama. Cuando sonó el timbre, me quité las bragas y fui a abrir la puerta. Antes de que pudiera saludarle, Julián entró, me cogió de la cintura y me tumbó en el suelo con cuidado. Sonreía, con su melena despeinada por el viento y los ojos más brillantes que la última vez. Nos besamos durante varios minutos, sin levantarnos del suelo. Yo acariciaba su pelo con las manos, y él me acariciaba el cuerpo entero con las suyas. En algún momento, una de sus manos subió por mis piernas y descubrió que no llevaba bragas. Me miró, se levantó del suelo y me ayudó a levantarme. Cuando llegamos a la cama ya estábamos desnudos y ardiendo. Follamos despacio, llenándonos de besos, caricias y algún mordisco, respirando casi al mismo ritmo, ahogándonos. Al terminar, puso la cabeza sobre mi pecho y susurró "Te quiero, nena". Un rato después, se levantó, se vistió, me besó y se fue.
Anoche quedé con Fran. Fran es un hombre que se niega a cumplir los 30, que trabaja en una empresa de calefacción y se está quedando calvo. Tiene la espalda torcida y las manos muy flacas, con unos dedos largos que me hacen cosas que ninguna polla puede hacer. Tiene la polla corta y ancha, como un barril, y no me gusta chupársela porque me duele la boca si la abro tanto. Fran tiene novia, una estúpida de 33 años, dependienta de un videoclub. La novia de Fran es de esas típicas chicas que llevan gafas de montura negra y miran al resto de la gente por encima del hombro. Odio a esas chicas, y por eso me gusta jugar con Fran. Su novia cree que es mejor que yo, pero cualquier día a él se le escapará mi nombre mientras se la esté tirando, y ella tendrá que bajar la mirada cuando me vea por la calle. Estúpida engreída. Hay dos cosas que le gustan a Fran por encima de todo lo demás: el vodka y las pajas. Puede pasarse el día masturbándose casi sin parar, que por la noche me pedirá que yo le pajee mientras él sujeta su vaso de vodka con hielo y lo pasea por mi espalda, como si eso fuera a excitarme. Anoche llegué a su casa y me abrió la puerta en calzoncillos. Ni siquiera me saludó, se sentó en el sofá y empezó a meneársela. Me desnudé y me senté sobre él. Intentó apartarme para seguir viendo la porno que echaban por la televisión y no le dejé, así que me tiró al suelo y siguió pajeándose mientras me manoseaba con sus manos flacas. Finalmente se corrió sobre mí y se levantó, se fue al baño y abrió la ducha. -Ven aqui y límpiate, nena. Me levanté y me metí en la ducha con él. Me frotó suavemente el cuerpo con agua y jabón, besándome en los pezones, en el ombligo, en las manos, y cuando estaba completamente limpia me hizo dar la vuelta e inclinarme hacia delante. Me sujetó del pelo con una mano y me abrió las piernas con la otra, y me la metió con fuerza, mientras seguía cayendo el agua caliente sobre nosotros. Entonces me hizo arrodillarme ante él y se pajeó hasta correrse en mi boca abierta, sin dejar de tirarme del pelo ni de decir guarradas. -Vístete y márchate. Me vestí y me marché.
Salí de casa con la idea de ir a un concierto de rock y cervecear con un par de amigos, y he vuelto tres horas más tarde de lo previsto y con sabor a semen en la boca. Pero mi maquillaje sigue en su sitio y no me han despeinado demasiado. Ahora tengo miedo de tomarme un zumo de naranja, por si algo se corta en mi estómago y tengo una indigestión por mamadas.
Me he sentado en el balcón para ver unas bragas rojas que colgaban de un tendal en el edificio de enfrente. Tercer piso, cortinas estampadas de flores y bragas rojas en el tendal. He aquí una abuela picarona que se niega a unirse al club de la faja, bien por la gerontoguarrilla! Mientras estaba en el balcón observando las enormes bragas de encaje he intentado imaginarme a mis abuelas con unas bragas así. Ya que las guardo en mi cabeza con traje de baño, no me fue difícil ponerles lencería fina por encima mentalmente. Y entonces empecé a imaginarme a cientos de personas distintas, hombres y mujeres, con unas bragas como las del tendal de enfrente, y poco después estaba entre el ataque de risa y el calentón descomunal Porque una cosa es imaginarte a tu abuela con bragas de encaje y otra muy distinta pensar en tu primita del pueblo, esa que no se depila las piernas ni el entrecejo y tiene un parecido a Frida Kahlo que sólo le falta la escayola y el vestido de mexicana. Porque tanto Frida Kahlo como mi primita del pueblo tienen un morbo encima que se lo quitaba yo a lametazos, por lo menos. Y si los chicos tenéis una primita algo guarra con la que practicábais en las fiestas del santo patrón, yo no iba a ser menos. Empecé a pensar en todas las cosas que me decía esa deslenguada mientras me derretía en su boca en alguna finca resguardada. Y como no sabía si debatirme entre la risa o el calentón, decidí desenfundar mi juguetito a pilas para que me hiciera sonreír.
Anoche hubo sexo. Carlos me acariciaba suavemente y me sujetaba las muñecas con rudeza. Me gusta arquear la espalda hasta que me ahogo contra las sábanas, morderlas y morderme los brazos mientras él me golpea con su pelvis. Me hizo gritar, revolverme, retorcerme. Me gusta estar a cuatro patas, como los perros, los lobos, los gatos. Me gusta que seamos dos animales en la cama, sudando, arañándonos la piel. Me gusta sentir sus golpes dentro de mi cuerpo, escuchar su respiración y la mía, acompasadas y exhaustas. Me gustan sus manos, sujetando mis caderas, clavándome las uñas. Me gusta cuando me lame la espalda, cuando siento su saliva caliente sobre mi cuerpo, cuando le abrazo con brazos y piernas y su piel arde, de calor y de deseo. Nos abrazamos, nos besamos, siento ganas de acariciar todo su cuerpo con el mío. Me gusta cuando al derramarse descansa sobre mi espalda. Siento el peso de su cuerpo sobre el mío, su miembro todavía erecto se acomoda entre mis nalgas. Sus manos aún sujetando las mías, sus dientes en mi cuello. Me gusta follar con él. Quiero volverle loco, y que no encuentre a nadie que le folle como yo. Que pruebe otras, que se las tire a todas, que siempre querrá volver a mi, su diosa. Quiero aprender a volverle loco, quiero que se derrita en mi boca, que me desee locamente, que me abrace, que me llame, que se masturbe pensando en mí. Quiero desnudarme despacio para él, quiero que me haga fotografías prohibidas y que las pegue por las paredes de su casa. Quiero que me pida de rodillas que vaya a su casa otra noche más.
Suelen decirme que soy morbosa. Que tengo morbo, quiero decir. No soy preciosa, ni tengo un cuerpazo, ni tengo una sonrisa perfecta, pero doy ganas de follar. De follar apasionadamente, durante horas, esa clase de sexo que hace que parezca que la piel te va a arder. A algunos chicos les gusta mi boca de niña y mis mejillas aterciopeladas; a otros, mis tetas redondas o mis manos pequeñas. A mí me gustan mis pies y mis hombros, y cómo me sobresalen ligeramente los huesos de la pelvis cuando me acuesto. Y sí, creo que soy sexual. No me considero guapa, pero sí sexual. Puede que esté hecha para seducir más que para enamorar. Enamorar es peligroso, porque la gente pierde los estribos cuando se enamora. A unos les da por emborracharse, a otros por vestirse diferente, a unos pocos por tocar la guitarra o regalar flores. Yo no sé enamorarme. Creo que lo hago, pero en poco tiempo se me esfuma esa sensación y me doy cuenta de que ha sido otro espejismo. O quizá no haya una forma única e amar y esa sea la mía, amar intensamente a alguien durante un mes, o una semana, o una noche. A veces me enamoro durante un par de minutos, en una cafetería, en un viaje en metro, mi mirada se cruza con otra mirada entre la multitud y por unos segundos esa mirada es mi dueña, y me entrego totalmente. Entonces el tren se detiene, las puertas se abren y la mirada que me ha enamorado parpadea, rompe el hechizo y se baja, dejándome más sola que nunca. Quizá no esté hecha para enamorarme, o mi gran amor haya cogido un metro al que llegué tarde, o estaba mirando a otra parte y no me di cuenta de que él se enamoraba por unos segundos de mi boca de niña pequeña. Y si mi gran amor ya se ha ido, o todavía no ha llegado, por qué no vivir entre pequeños amantes de una, dos, tres noches hasta que entre todos ellos reconozca al que me coja de la mano y me abrace sin más, sin desnudarme ni tirarme del pelo.
Quizá deba hablarte de mí. O quizá no deba, y eso me da más ganas de hacerlo. No quiero que sepas cómo me llamo, para ti soy y seré siempre Natasha. No quiero que sepas cuál es el color de mi pelo o de mis ojos, quiero que me imagines tal y como te gustaría que yo fuera. Quiero que imagines mi boca, mis manos y mis rodillas como tú prefieras. Quiero que me inventes un cuerpo, una voz y una edad. Yo te contaré lo demás, mis secretos, mis sueños, mis deseos. Te contaré cosas que jamás he contado a nadie. Quiero hablarte de sexo, de mi sexo y del sexo que quiero mío. Quiero hablarte de los sexos que han estado en mi cuerpo y de los que quieren estar en él pero no lo han hecho. Quiero contarte muchas cosas que son verdad, y casi ninguna mentira, porque no me gusta mentir si no es necesario. Me gusta la verdad, me gustan las cosas claras y sencillas, me gusta la desnudez. Aunque a veces también me guste complicar algo las cosas, adornar los días con un poco de teatro. Me gusta el sexo. Me encanta, en realidad. Y a quién no, pensarás. Quizá por eso me guste tanto el sexo, porque es algo que nos une a todos los seres humanos del mundo. Todos hemos nacido porque alguien antes tuvo sexo. Todos estamos dotados para practicarlo, y todos, en algún momento de nuestras vidas, nos vemos impulsados a hacerlo, aunque muchos hagan caso omiso a sus impulsos por una u otra razón. Me gusta el sexo en estado puro y me gusta toda la parafernalia que lo rodea, y me gusta vivir el sexo para poder sentir en mi misma lo que muchos prueban en encuestas y estudios de todo tipo. Siempre me han atraído los textos y programas televisivos sobre sexología, y siempre me ha gustado poder afirmar que no me gustan. No me gusta que alguien etiquete los comportamientos sexuales, me gusta sorprenderme por ellos, me gusta admirar la capacidad del ser humano para inventar, fantasear cosas nuevas y hacerlas realidad. Y no quiero dejar de sorprenderme ni de probar cosas nuevas. No quiero dejar de soñar cosas que no he hecho. Todavía.
Hablando del neofeminismo o "búsqueda de la supremacía de las mujeres por colectivos poco representativos de las mismas" pensé el daño que ha hecho todo eso en nuestras vidas, y sobretodo, en el sexo. Como bien dije, hace unos pocos años una mujer hacía lo que quería su marido, cuando quería su marido y como quería su marido. La Sección Femenina difundía que una buena esposa debía ceder a los deseos sexuales de su marido, aunque estos le resultaran raros o violentos, ya que esa era la forma que tenía su marido de demostrarle su amor. Y en cuestión de unas décadas, alguien le ha dado la vuelta a la tortilla. Ahora la mujer manda, la mujer decide, la mujer cabalga al hombre en definitiva. Y pobre de él que proponga algo fuera de lo común y establecido. Pobre de él que comente en tono distendido que le gustaría probar tal cosa o, quizá, marcar él el ritmo, pues será marcado de cerdo machista retrógrado. El hombre ha pasado de acercarse a una chica en un bar para invitarle a algo, a acomodarse de tal modo que ya presupone, sin necesidad de hablar sobre ello, que la chica es la que llevará la batuta durante el resto de la noche. Ella decidirá cuándo llevarle a su casa, ella decidirá qué música poner, ella decidirá cuándo desabrocharle los pantalones y ella será la que se ponga sobre él, hasta que ella decida o se sienta satisfecha. Después, ella se despedirá amablemente y le llamará otro día, o no. El hombre se ha acostumbrado a que la mujer mande, y se ha dado cuenta de lo cómodo que es eso. Ni siquiera hacen falta mil posturas, pues la mayoría de ellas resultan denigrantes para la mujer. El sexo salvaje e inconsciente, el arrebato de pasión que te hace tirar todas las cosas de la mesa de la cocina y hacerlo allí mismo gritando como una loca, ese sexo animal que convierte cualquier preocupación en agua pasada, ese sexo ahora es sucio e inmoral para mucha más gente de la que pensamos. La mujer ha decidido subirse al hombre sin darse cuenta de que así las posibilidades de innovación y placer se reducen al menos a la mitad. Y el hombre está encantado. ¿Dónde están los hombres de antes? ¿Dónde están los machos cabríos? Esos hombres no se andaban con chiquitas, esos hombres sabían lo que querían, y sabían lo que quería una mujer. Esos hombres te invitaban a su casa y antes de llegar al ascensor ya te habían metido la lengua hasta la campanilla. Ya en su piso, te sujetaban por la cintura, te estampaban contra una pared (si tenía gotelec ya era el novamás) y te desnudaban, con cuidado, con ganas, con los dientes. Sin quitar su lengua de tu boca y sin dejar de forcejear con el cierre de tu sujetador con su mano derecha (¿realmente es tan difícil?) te guiaban a oscuras y a tientas hasta su cama, casi siempre deshecha y allí empezaba la fiesta. El sexo se extendía por todos los rincones de la habitación y por todas las partes del cuerpo. Las manos, las uñas, los dientes, la lengua, la piel se convertían en órganos sexuales con una única función: el placer. Entonces, todo era sexo. La respiración cada vez más acelerada era sexo, los latidos del corazón eran sexo, las manos firmes sujetando el cuerpo del otro eran sexo, y el olor del aire de la habitación era sexo. Y tú no podías hacer nada más que rendirte, vaciar la mente, dejarte llevar embriagada por el olor del cuerpo del otro, por sus brazos fuertes, su mirada profunda. Sentir el cuerpo del hombre sobre tu cuerpo, dejarte mover a su ritmo, sentir sus uñas marcando tu piel, eso era una parte del sexo que lo hacía aún más grande. Esos detalles hacían del sexo algo mas, hacían que al día siguiente, al ver esas marcas en el espejo del baño, perfilaras una sonrisa pensando en el sabor de su piel. Ante un hombre fuerte y algo rudo en la cama, no pensábamos en superioridad masculina, pensábamos en la ronda de orgasmos que nos haría sentir. Ahora, presionados ora por las hordas de fanáticas feministas, ora por el miedo a pasarse de rudos, se refugian en el papel del débil, del pasivo, del sumiso en algunos casos. Utilizan la mirada ingenua propia de una adolescente y se dejan querer, desnudar y cabalgar por la mujer, orgullosa de su falsa victoria.
Cada vez es más difícil encontrar un buen domador. Hace cincuenta años, a una mujer de una familia corriente en una ciudad corriente ni se le pasaba por la cabeza dominar a su marido en la cama. Ahora, a causa del mal uso del feminismo y la liberación femenina, todo se considera denigrante para la mujer. El sexo oral es denigrante, el sexo anal es denigrante, hacerlo a cuatro patas es denigrante… Y que las chicas piensen que cuando sus novios les piden una mamada están manchando su dignidad suena bastante paranoico, pero que los chicos también lo crean me parece enfermizo. Se supone que el movimiento de liberación femenina tenía como objetivo que las mujeres fueran libres de elegir. Libres para ser amas de casa o trabajar fuera, para elegir cuándo casarse y cuándo divorciarse, qué carrera estudiar. Y, por qué no, la liberación femenina dio la oportunidad a muchas mujeres de tomar el control en sus relaciones de cama. Y qué mejor manera de tomar el control que rindiéndose al placer carnal sin límites, olvidando todo prejuicio. Pero en pleno siglo XXI, parece que la gente está más preocupada de lo que es políticamente correcto que de ser feliz. En una sociedad en la que el sexo nos invade por todas partes, en la que los kioscos enseñan las portadas de decenas de revistas de contenido sexual explícito y grotesco, en la que la gran mayoría de los anuncios publicitarios contienen alguna alusión al sexo, en la que adolescentes cada vez más tempranas envían sus cartas a revistas juveniles para contar cómo sus respectivos novios se las han follado en un descampado, el coche de sus padres o el baño de una discoteca, en una sociedad en la que el chismorreo sobre a quién se la ha chupado la petardilla de turno está a la orden del día, personas y colectivos que se autocalifican erróneamente liberadores y modernos nos manipulan convirtiéndonos en seres temerosos de que alguien ataque a nuestra libertad de la forma menos esperada. La mujer confunde la igualdad, tanto ansiada hace apenas un siglo, con la superioridad y el pavoneo que algunas enarbolan en nombre del feminismo. Como en una nueva tiranía colectiva, las mujeres se alzan en el poder, se sublevan hasta rebajar al hombre a la calidad de objeto complacedor de sus deseos, casi esclavizándolo. ¿Dónde va a llegar todo esto? ¿Acaso quieren que todo vuelva a ser como antaño, pero al revés? Las mujeres se han puesto de pie en masa, han sujetado sus respectivas sartenes por el mango y han salido por la puerta con la cabeza bien alta. Demasiado alta, diría yo. Alguien debería recordarles que tengan cuidado de no chocarse contra el marco de la puerta al salir.
Las chicas suelen decir que las pollas grandes son las mejores, que les gustan más, y que cuanto más grandes mejor, sin límite. Prefieren un tronco incomible a una pichita juguetona. Y es imposible que todas las tías del mundo, teniendo en cuenta que hay distintos tamaños de chicas y en consecuencia de vaginas, disfruten con el mismo tamaño de pene: el pollón. El kamasutra habla de tres tipos de mujeres y de hombres, atendiendo al tamaño de su miembro sexual. Así, una mujer coon una vagina pequeña o la cadera estrecha tendría un sexo perfecto con un hombre con el miembro pequeño, y una mujer con una gran vagina disfrutaría con una gran polla. El kamasutra pone un nombre para estos tipos de mujeres y hombres, y habla de las posturas más satisfactorias para cada uno, pero yo me quedo con lo importante: es imposible que a todos nos guste lo mismo. Y si no hay razones físicas para que todas las chicas vayan a la caza del pollón, lo único que puedo pensar es que es todo psicológico, que el porno, el merchandising erótico festivo y el personaje de Samantha Jones en Sex and the city tienen tan abducidas a las chicas que creen que deben buscar el gran miembro por encima de todas las cosas, haciendo que todo lo que no sea king-size pierda su valor. Así, valorando el encanto de lo despreciado, de lo que ha perdido su brillo, de lo relegado al olvido, me reafirmé en mi creencia de que los penes medianos y los penes pequeños tienen mucho que ofrecer. La frase “el tamaño no importa” es una gran mentira. Claro que el tamaño importa, pero eso no significa que lo grande sea mejor que lo pequeño, es sólo que cada una tiene que encontrar su tamaño ideal. Del mismo modo que a unas les gustan los chicos rubios y a otras le gustan con bigotito, cada chica debe descubrir cuál es el tamaño de pene que mejor se ajusta a sus necesidades. Las pollas grandes imponen respeto, irrumpen en la relación de una forma casi violenta, concentrando toda la atención a causa de sus dimensiones. El pollón taladra sin piedad, como si con cada golpe de pelvis te inyectaran una droga orgásmica. Los penes pequeños son inquietos, manejables, como pequeñas mascotas a las que acariciar y besar para que sean felices. Los penes pequeños se mueven con agilidad y visitan lugares que los pollones ni imaginan. La maravilla no es un gran miembro, la maravilla es saber sacarle rendimiento al máximo. Y ser consciente de que en el sexo las pollas no lo son todo.
Hace poco un conocido me dijo que me pegaba el bondage. Es decir, por mi forma de actuar, de hablar, de vestir o de vivir, supuso que me gusta el sexo con ataduras y dominación. Me resultó curiosa la forma con que relacionó una personalidad o un estilo con una práctica sexual. ¿Será cierto que nuestras acciones nos delatan? ¿Hay una relación clara entre nuestras preferencias sexuales y otros ámbitos de nuestras vidas?
Hace tiempo ya que es de estúpidos creer en esterotipos como el del gay juerguista y promiscuo, la lesbiana amargada o el solitario pajero y adicto enfermizo al porno. El aspecto de una persona nos vale de poco si lo que queremos descubrir son sus fantasías ocultas y sus pasiones más profundas, ya que juzgar a un libro por sus tapas no suele llevar a buen camino. Hasta la estudiante más brillante, encantadora y conformista puede ser una gran aficionada al sexo escatológico en sus ratos libres, y a veces el que más presume es en realidad el que más carece. Alguna gente gusta de aparentar lo que no es, mientras otros esconden su verdadero yo por miedo, vergüenza o un simple juego de personajes. Si pudiéramos espiar a nuestros amigos y familiares en sus momentos de cama, seguramente nos llevaríamos una gran sorpresa, y si preguntásemos qué imagina la gente sobre nosotros, también.
No me llamo Natasha. Natasha no es un nombre que cualquier madre ponga a su hija. Personalmente, me parece un nombre horrible, únicamente digno de una guarrilla de telenovela barata o de una monitora de aerobic californiana. Por eso lo elegí, porque es un nombre feo y estúpido que jamás pondría a una hija. Porque no conozco a ninguna chica que se llame así, ni creo que conozca jamás a una Natasha. Decidí crear este blog cuando Sira X, autora del Diario de una tigresa, decidió dejar el suyo. Solía leerla cuando me aburría, y solía masturbarme cuando la leía. A raíz de descubrir su blog, hará cosa de un año, decidí tomarme la vida con un poco más de erotismo y menos preocupaciones. La cosa era sencilla, sólo tenía que darme cuenta de mi sensualidad oculta y sacarla a relucir en todos los ámbitos de mi vida, sexo incluído, por supuesto. Tras un par de relaciones más o menos estables, quería redescubrirme, quería aprenderlo todo sobre el sexo. Sobre mi sexo. Masturbarme se convirtió en un ritual que requería una concentración absoluta. Dejé de pensar en otros cuando lo hacía. Dejé de imaginarme grandes pollas y lenguas juguetonas cuando quería darme placer. Me di cuenta de que la única forma de redescubrir mi propio placer era pensando única y exclusivamente en mi cuando me masturbaba, verme en un espejo, ver mi cuerpo húmedo y caliente. La masturbación se conviritió en una especie de autopolvo. Empecé a follarme a mí misma, en cuerpo y mente.