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Me encanta que me desnuden. Me encanta que me desabrochen la camisa, besando la piel que queda al descubierto. Me encanta que me quiten las medias muy lentamente, acariciándome las piernas. Me encanta, me vuelve loca que me bajen las bragas sólo con la boca, mordiendo tela y piel. Y me encanta que me observen cuando estoy desnuda, que me acaricien y me besen. Pero a veces simplemente no hay tiempo, el cuerpo arde en un infierno personal y necesitas hacerlo como si fuera una droga. Así que te limitas a apartar la ropa estrictamente necesaria y te olvidas de las caricias, los besos y las miradas, y te limitas a hundirte en una enorme piscina de placer.
Y qué más da si te despeinan o si se te arruga el vestido si nadie va a filmar lo que estás haciendo en tu habitación.
Sé que una noche de sábado acaba bien si tengo el teléfono de un chico en un papel dentro de mi bolsillo. O si tengo algún mordisco en la piel. O si, como ayer, vuelvo a casa intentando recordar si mi sujetador está sobre la mesilla de noche de alguien o directamente he salido sin él. No suelo olvidarme la ropa por ahí, tengo demasiado cariño a mis bragas como para regalarlas, pero de vez en cuando todos tenemos un despiste. Hay gente que se olvida de cerrar la puerta de casa, y hay gente que se olvida de recoger su sujetador. Porque después de una ración de sexo salvaje en la cama más grande que he visto en mi vida, con sonido de muelles permanente, me escapé de mala manera de los brazos de aquel chico extremadamente delgado (y sorprendentemente fuerte) y me vestí con prisa para salir de allí lo antes posible, y a Dios gracias que me olvidé el sujetador y no el vestido. Así que hoy, tras haber asimilado perfectamente que no volvería a ver a ese chico, tendré que ir a su casa, entrar en la habitación todavía con olor a sexo y la cama deshecha y recoger mi precioso sujetador bordado.
Ayer me decidí a darle mi teléfono al camarero de uno de esos bares de siempre. Voy allí casi todas las semanas desde hace varios años, me gusta la música que ponen y las copas son bastante baratas, y me llevo de lujo con los demás habituales. Además, el camarero es un bomboncito. Alto, moreno, con ojazos verdes y una sonrisa enorme y perfecta. Cuando empezó a trabajar en el bar le fiché, pero estaba convencida de que era gay: camisetas ajustaditas, bronceado perfecto hasta en enero y un amaneramiento imposible de disimular. Cuando se dio cuenta de que iba siempre y siempre pedía lo mismo, empezamos a charlar, y conectamos a la perfección. Era simpático y gracioso, y siempre me invitaba a alguna copa cuando el jefe estaba fuera, pero no tenía muy claro si intentaba ligar conmigo o quería ser mi amigo gay, esa especie tan de moda entre las chicas de las grandes ciudades. Después de meses de incertidumbre, un día salió en la conversación el tema "exnovios", y el presunto camarero gay me sorprendió hablándome de un chico que le había robado el corazón, al que había dejado varios años después por una azafata de vuelos. ¡La alegría que me dio descubrir que era bisexual practicante no me cabía dentro! A partir de ese día empecé a lanzarle señales claras de lo que quería, y a él no pareció molestarle. Cada sábado, entraba en el bar e iba directa a la barra, me sentaba y le decía lo guapo que estaba. A partir de ahí las siguientes dos horas se convertían en una batalla campal de indirectas con altísimo contenido sexual y temperatura febril, para terminar despidiéndonos con la frase "La próxima noche, más y mejor". Ayer me cansé de tanta conversación y tanta miradita asesina, así que me acerqué a él, le metí una tarjeta en el bolsillo y me marché con paso decidido. En la tarjeta, mi número de teléfono y un mensaje: "Tengo hambre de ti".
Me tumbo en cama, desnuda, recién salida de la ducha. Pongo algo de música tranquila y bajo la luz. A mi lado, un cuenco con fresas recién lavadas, cubiertas de gotitas de agua. Cojo una fresa con dos dedos y la acerco a la boca, la froto con los labios, huelo su aroma fresco. Bajo la fresa húmeda por la barbilla, el cuello, el pecho. Noto el rastro de gotas de agua que queda en mi piel, que se eriza con el frío. Acaricio mis pezones con la punta de la fresa, con las yemas de mis dedos, y sigo bajando por mi vientre. Me detengo en el ombligo, siento cómo sube y baja mi pecho cuando se me acelera la respiración. Mis manos continúan bajando, la fresa suave me acaricia el pubis, los muslos, las piernas se abren en un acto reflejo y mi cuerpo se estremece con un escalofrío. Introduzco lentamente dos dedos en mi vagina cálida, mientras sigo paseando la fresa por mi cuerpo con la otra mano. Acaricio cada pliegue de mi cuerpo, cada punto que sé que me dará más placer. Conozco mi cuerpo como nadie lo hará jamás, y por ello me amo. Mis manos presionan, frotan, arañan mi piel con avidez, primero despacio, más rápido después. Respiro profundamente y cierro los ojos, para hundirme en la música que suena, y hundirme más aún en mi cuerpo. Mi interior se contrae, se revuelve por el placer. El aire está frío al contacto con mi piel ardiente. Entonces llega el calor intenso, mis piernas se abren más, tenso hasta el último músculo del cuerpo. De mi garganta sale un tímido gemido, mientras utilizo ambas manos para continuar esa ascensión de placer, de caricias, de movimientos dentro y fuera de mí. Finalmente, mi cuerpo explota, mi garganta explota, abro los ojos y soy consciente del placer, completamente mío. Quiero retener ese placer, ese escalofrío, para siempre, y poco a poco se disipa. Mi cuerpo se relaja, mi respiración se normaliza, mis manos acarician mi cuerpo lentamente. Acerco la fresa a mis labios, la muerdo y sabe más dulce que ninguna otra.
Me sorprendió el teléfono cuando salía de la ducha. Cogí las bragas y me las puse mientras contestaba. -Nena, he vuelto. En media hora estoy ahí. Era Julián, un antiguo compañero de estudios y juegos en el coche de su padre. Ojos verdes y una sonrisa pícara que bien merece un revolcón. Julián se fue a Dublín hace medio año para trabajar en campamentos infantiles y un mes más tarde se le fueron las ganas de volver. Colgué el teléfono y corrí a la habitación. La cama deshecha, ropa por todas partes y un zapato de tacón encima de la mesa, esperando a que yo encontrase su pareja. Metí todo en el armario y estiré un poco las sábanas, porque de todos modos íbamos a deshacer la cama en cuestión de segundos. Me puse el camisón, me peiné, saqué del frigorífico una botella de agua y la dejé junto a la cama. Cuando sonó el timbre, me quité las bragas y fui a abrir la puerta. Antes de que pudiera saludarle, Julián entró, me cogió de la cintura y me tumbó en el suelo con cuidado. Sonreía, con su melena despeinada por el viento y los ojos más brillantes que la última vez. Nos besamos durante varios minutos, sin levantarnos del suelo. Yo acariciaba su pelo con las manos, y él me acariciaba el cuerpo entero con las suyas. En algún momento, una de sus manos subió por mis piernas y descubrió que no llevaba bragas. Me miró, se levantó del suelo y me ayudó a levantarme. Cuando llegamos a la cama ya estábamos desnudos y ardiendo. Follamos despacio, llenándonos de besos, caricias y algún mordisco, respirando casi al mismo ritmo, ahogándonos. Al terminar, puso la cabeza sobre mi pecho y susurró "Te quiero, nena". Un rato después, se levantó, se vistió, me besó y se fue.
Anoche quedé con Fran. Fran es un hombre que se niega a cumplir los 30, que trabaja en una empresa de calefacción y se está quedando calvo. Tiene la espalda torcida y las manos muy flacas, con unos dedos largos que me hacen cosas que ninguna polla puede hacer. Tiene la polla corta y ancha, como un barril, y no me gusta chupársela porque me duele la boca si la abro tanto. Fran tiene novia, una estúpida de 33 años, dependienta de un videoclub. La novia de Fran es de esas típicas chicas que llevan gafas de montura negra y miran al resto de la gente por encima del hombro. Odio a esas chicas, y por eso me gusta jugar con Fran. Su novia cree que es mejor que yo, pero cualquier día a él se le escapará mi nombre mientras se la esté tirando, y ella tendrá que bajar la mirada cuando me vea por la calle. Estúpida engreída. Hay dos cosas que le gustan a Fran por encima de todo lo demás: el vodka y las pajas. Puede pasarse el día masturbándose casi sin parar, que por la noche me pedirá que yo le pajee mientras él sujeta su vaso de vodka con hielo y lo pasea por mi espalda, como si eso fuera a excitarme. Anoche llegué a su casa y me abrió la puerta en calzoncillos. Ni siquiera me saludó, se sentó en el sofá y empezó a meneársela. Me desnudé y me senté sobre él. Intentó apartarme para seguir viendo la porno que echaban por la televisión y no le dejé, así que me tiró al suelo y siguió pajeándose mientras me manoseaba con sus manos flacas. Finalmente se corrió sobre mí y se levantó, se fue al baño y abrió la ducha. -Ven aqui y límpiate, nena. Me levanté y me metí en la ducha con él. Me frotó suavemente el cuerpo con agua y jabón, besándome en los pezones, en el ombligo, en las manos, y cuando estaba completamente limpia me hizo dar la vuelta e inclinarme hacia delante. Me sujetó del pelo con una mano y me abrió las piernas con la otra, y me la metió con fuerza, mientras seguía cayendo el agua caliente sobre nosotros. Entonces me hizo arrodillarme ante él y se pajeó hasta correrse en mi boca abierta, sin dejar de tirarme del pelo ni de decir guarradas. -Vístete y márchate. Me vestí y me marché.
Salí de casa con la idea de ir a un concierto de rock y cervecear con un par de amigos, y he vuelto tres horas más tarde de lo previsto y con sabor a semen en la boca. Pero mi maquillaje sigue en su sitio y no me han despeinado demasiado. Ahora tengo miedo de tomarme un zumo de naranja, por si algo se corta en mi estómago y tengo una indigestión por mamadas.
Anoche hubo sexo. Carlos me acariciaba suavemente y me sujetaba las muñecas con rudeza. Me gusta arquear la espalda hasta que me ahogo contra las sábanas, morderlas y morderme los brazos mientras él me golpea con su pelvis. Me hizo gritar, revolverme, retorcerme. Me gusta estar a cuatro patas, como los perros, los lobos, los gatos. Me gusta que seamos dos animales en la cama, sudando, arañándonos la piel. Me gusta sentir sus golpes dentro de mi cuerpo, escuchar su respiración y la mía, acompasadas y exhaustas. Me gustan sus manos, sujetando mis caderas, clavándome las uñas. Me gusta cuando me lame la espalda, cuando siento su saliva caliente sobre mi cuerpo, cuando le abrazo con brazos y piernas y su piel arde, de calor y de deseo. Nos abrazamos, nos besamos, siento ganas de acariciar todo su cuerpo con el mío. Me gusta cuando al derramarse descansa sobre mi espalda. Siento el peso de su cuerpo sobre el mío, su miembro todavía erecto se acomoda entre mis nalgas. Sus manos aún sujetando las mías, sus dientes en mi cuello. Me gusta follar con él. Quiero volverle loco, y que no encuentre a nadie que le folle como yo. Que pruebe otras, que se las tire a todas, que siempre querrá volver a mi, su diosa. Quiero aprender a volverle loco, quiero que se derrita en mi boca, que me desee locamente, que me abrace, que me llame, que se masturbe pensando en mí. Quiero desnudarme despacio para él, quiero que me haga fotografías prohibidas y que las pegue por las paredes de su casa. Quiero que me pida de rodillas que vaya a su casa otra noche más.