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Quítatelo todo

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Me encanta que me desnuden. Me encanta que me desabrochen la camisa, besando la piel que queda al descubierto. Me encanta que me quiten las medias muy lentamente, acariciándome las piernas. Me encanta, me vuelve loca que me bajen las bragas sólo con la boca, mordiendo tela y piel. Y me encanta que me observen cuando estoy desnuda, que me acaricien y me besen. Pero a veces simplemente no hay tiempo, el cuerpo arde en un infierno personal y necesitas hacerlo como si fuera una droga. Así que te limitas a apartar la ropa estrictamente necesaria y te olvidas de las caricias, los besos y las miradas, y te limitas a hundirte en una enorme piscina de placer.

Y qué más da si te despeinan o si se te arruga el vestido si nadie va a filmar lo que estás haciendo en tu habitación.

Hablar de sexo

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A veces, de verdad, pienso seriamente que debería escribir aquí más a menudo. Pero cuando tengo tiempo de escribir no sé que contar, y cuando tengo algo que contar estoy demasiado ocupada para pensar cómo escribirlo, aunque siempre he creído que sólo la mitad de lo bueno y adictivo del sexo corresponde a practicarlo, mientras que la otra mitad corresponde a hablar de ello. Yo procuro practicarlo tan a menudo como me es posible, y con mayor frecuencia hablo de sexo, del que practico y del que no. Me gusta hablar de sexo antes de practicarlo, mantener una de esas conversaciones cargadas de indirectas y dobles sentidos que sólo pueden desembocar en un arrebato de desnudez y mordiscos sin mesura. Y después del revolcón, lo mejor que se puede hacer es contarlo. Repasar la jugada con el compañero de turno, relatársela detalladamente a una amiga o confesárselo al cura, en definitiva significa lo mismo: al contarlo, lo recuerdas, y al recordarlo lo vives de nuevo, y lo disfrutas. Por eso creo que la gente debería hablar mucho más de sexo, y también debería aprender a hacerlo. Porque no es lo mismo hablar de las ganas que tienes de montarte un trío con dos negrazos que te empalmen a gusto, que contar tu última clase de macramé. La primera diferencia, queridos, os la daré yo misma: A las clases de macramé seguramente hayas empezado a ir por tu abuela.

Amante por horas

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Suelen decirme que soy morbosa. Que tengo morbo, quiero decir. No soy preciosa, ni tengo un cuerpazo, ni tengo una sonrisa perfecta, pero doy ganas de follar. De follar apasionadamente, durante horas, esa clase de sexo que hace que parezca que la piel te va a arder. A algunos chicos les gusta mi boca de niña y mis mejillas aterciopeladas; a otros, mis tetas redondas o mis manos pequeñas. A mí me gustan mis pies y mis hombros, y cómo me sobresalen ligeramente los huesos de la pelvis cuando me acuesto. Y sí, creo que soy sexual. No me considero guapa, pero sí sexual. Puede que esté hecha para seducir más que para enamorar. Enamorar es peligroso, porque la gente pierde los estribos cuando se enamora. A unos les da por emborracharse, a otros por vestirse diferente, a unos pocos por tocar la guitarra o regalar flores. Yo no sé enamorarme. Creo que lo hago, pero en poco tiempo se me esfuma esa sensación y me doy cuenta de que ha sido otro espejismo. O quizá no haya una forma única e amar y esa sea la mía, amar intensamente a alguien durante un mes, o una semana, o una noche. A veces me enamoro durante un par de minutos, en una cafetería, en un viaje en metro, mi mirada se cruza con otra mirada entre la multitud y por unos segundos esa mirada es mi dueña, y me entrego totalmente. Entonces el tren se detiene, las puertas se abren y la mirada que me ha enamorado parpadea, rompe el hechizo y se baja, dejándome más sola que nunca. Quizá no esté hecha para enamorarme, o mi gran amor haya cogido un metro al que llegué tarde, o estaba mirando a otra parte y no me di cuenta de que él se enamoraba por unos segundos de mi boca de niña pequeña. Y si mi gran amor ya se ha ido, o todavía no ha llegado, por qué no vivir entre pequeños amantes de una, dos, tres noches hasta que entre todos ellos reconozca al que me coja de la mano y me abrace sin más, sin desnudarme ni tirarme del pelo.

Imagina (me)

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Quizá deba hablarte de mí. O quizá no deba, y eso me da más ganas de hacerlo. No quiero que sepas cómo me llamo, para ti soy y seré siempre Natasha. No quiero que sepas cuál es el color de mi pelo o de mis ojos, quiero que me imagines tal y como te gustaría que yo fuera. Quiero que imagines mi boca, mis manos y mis rodillas como tú prefieras. Quiero que me inventes un cuerpo, una voz y una edad. Yo te contaré lo demás, mis secretos, mis sueños, mis deseos. Te contaré cosas que jamás he contado a nadie. Quiero hablarte de sexo, de mi sexo y del sexo que quiero mío. Quiero hablarte de los sexos que han estado en mi cuerpo y de los que quieren estar en él pero no lo han hecho. Quiero contarte muchas cosas que son verdad, y casi ninguna mentira, porque no me gusta mentir si no es necesario. Me gusta la verdad, me gustan las cosas claras y sencillas, me gusta la desnudez. Aunque a veces también me guste complicar algo las cosas, adornar los días con un poco de teatro. Me gusta el sexo. Me encanta, en realidad. Y a quién no, pensarás. Quizá por eso me guste tanto el sexo, porque es algo que nos une a todos los seres humanos del mundo. Todos hemos nacido porque alguien antes tuvo sexo. Todos estamos dotados para practicarlo, y todos, en algún momento de nuestras vidas, nos vemos impulsados a hacerlo, aunque muchos hagan caso omiso a sus impulsos por una u otra razón. Me gusta el sexo en estado puro y me gusta toda la parafernalia que lo rodea, y me gusta vivir el sexo para poder sentir en mi misma lo que muchos prueban en encuestas y estudios de todo tipo. Siempre me han atraído los textos y programas televisivos sobre sexología, y siempre me ha gustado poder afirmar que no me gustan. No me gusta que alguien etiquete los comportamientos sexuales, me gusta sorprenderme por ellos, me gusta admirar la capacidad del ser humano para inventar, fantasear cosas nuevas y hacerlas realidad. Y no quiero dejar de sorprenderme ni de probar cosas nuevas. No quiero dejar de soñar cosas que no he hecho. Todavía.

Mujerismo sexual, (II)

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Hablando del neofeminismo o "búsqueda de la supremacía de las mujeres por colectivos poco representativos de las mismas" pensé el daño que ha hecho todo eso en nuestras vidas, y sobretodo, en el sexo. Como bien dije, hace unos pocos años una mujer hacía lo que quería su marido, cuando quería su marido y como quería su marido. La Sección Femenina difundía que una buena esposa debía ceder a los deseos sexuales de su marido, aunque estos le resultaran raros o violentos, ya que esa era la forma que tenía su marido de demostrarle su amor. Y en cuestión de unas décadas, alguien le ha dado la vuelta a la tortilla. Ahora la mujer manda, la mujer decide, la mujer cabalga al hombre en definitiva. Y pobre de él que proponga algo fuera de lo común y establecido. Pobre de él que comente en tono distendido que le gustaría probar tal cosa o, quizá, marcar él el ritmo, pues será marcado de cerdo machista retrógrado. El hombre ha pasado de acercarse a una chica en un bar para invitarle a algo, a acomodarse de tal modo que ya presupone, sin necesidad de hablar sobre ello, que la chica es la que llevará la batuta durante el resto de la noche. Ella decidirá cuándo llevarle a su casa, ella decidirá qué música poner, ella decidirá cuándo desabrocharle los pantalones y ella será la que se ponga sobre él, hasta que ella decida o se sienta satisfecha. Después, ella se despedirá amablemente y le llamará otro día, o no. El hombre se ha acostumbrado a que la mujer mande, y se ha dado cuenta de lo cómodo que es eso. Ni siquiera hacen falta mil posturas, pues la mayoría de ellas resultan denigrantes para la mujer. El sexo salvaje e inconsciente, el arrebato de pasión que te hace tirar todas las cosas de la mesa de la cocina y hacerlo allí mismo gritando como una loca, ese sexo animal que convierte cualquier preocupación en agua pasada, ese sexo ahora es sucio e inmoral para mucha más gente de la que pensamos. La mujer ha decidido subirse al hombre sin darse cuenta de que así las posibilidades de innovación y placer se reducen al menos a la mitad. Y el hombre está encantado. ¿Dónde están los hombres de antes? ¿Dónde están los machos cabríos? Esos hombres no se andaban con chiquitas, esos hombres sabían lo que querían, y sabían lo que quería una mujer. Esos hombres te invitaban a su casa y antes de llegar al ascensor ya te habían metido la lengua hasta la campanilla. Ya en su piso, te sujetaban por la cintura, te estampaban contra una pared (si tenía gotelec ya era el novamás) y te desnudaban, con cuidado, con ganas, con los dientes. Sin quitar su lengua de tu boca y sin dejar de forcejear con el cierre de tu sujetador con su mano derecha (¿realmente es tan difícil?) te guiaban a oscuras y a tientas hasta su cama, casi siempre deshecha y allí empezaba la fiesta. El sexo se extendía por todos los rincones de la habitación y por todas las partes del cuerpo. Las manos, las uñas, los dientes, la lengua, la piel se convertían en órganos sexuales con una única función: el placer. Entonces, todo era sexo. La respiración cada vez más acelerada era sexo, los latidos del corazón eran sexo, las manos firmes sujetando el cuerpo del otro eran sexo, y el olor del aire de la habitación era sexo. Y tú no podías hacer nada más que rendirte, vaciar la mente, dejarte llevar embriagada por el olor del cuerpo del otro, por sus brazos fuertes, su mirada profunda. Sentir el cuerpo del hombre sobre tu cuerpo, dejarte mover a su ritmo, sentir sus uñas marcando tu piel, eso era una parte del sexo que lo hacía aún más grande. Esos detalles hacían del sexo algo mas, hacían que al día siguiente, al ver esas marcas en el espejo del baño, perfilaras una sonrisa pensando en el sabor de su piel. Ante un hombre fuerte y algo rudo en la cama, no pensábamos en superioridad masculina, pensábamos en la ronda de orgasmos que nos haría sentir. Ahora, presionados ora por las hordas de fanáticas feministas, ora por el miedo a pasarse de rudos, se refugian en el papel del débil, del pasivo, del sumiso en algunos casos. Utilizan la mirada ingenua propia de una adolescente y se dejan querer, desnudar y cabalgar por la mujer, orgullosa de su falsa victoria.

Mujerismo sexual

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Cada vez es más difícil encontrar un buen domador. Hace cincuenta años, a una mujer de una familia corriente en una ciudad corriente ni se le pasaba por la cabeza dominar a su marido en la cama. Ahora, a causa del mal uso del feminismo y la liberación femenina, todo se considera denigrante para la mujer. El sexo oral es denigrante, el sexo anal es denigrante, hacerlo a cuatro patas es denigrante… Y que las chicas piensen que cuando sus novios les piden una mamada están manchando su dignidad suena bastante paranoico, pero que los chicos también lo crean me parece enfermizo. Se supone que el movimiento de liberación femenina tenía como objetivo que las mujeres fueran libres de elegir. Libres para ser amas de casa o trabajar fuera, para elegir cuándo casarse y cuándo divorciarse, qué carrera estudiar. Y, por qué no, la liberación femenina dio la oportunidad a muchas mujeres de tomar el control en sus relaciones de cama. Y qué mejor manera de tomar el control que rindiéndose al placer carnal sin límites, olvidando todo prejuicio. Pero en pleno siglo XXI, parece que la gente está más preocupada de lo que es políticamente correcto que de ser feliz. En una sociedad en la que el sexo nos invade por todas partes, en la que los kioscos enseñan las portadas de decenas de revistas de contenido sexual explícito y grotesco, en la que la gran mayoría de los anuncios publicitarios contienen alguna alusión al sexo, en la que adolescentes cada vez más tempranas envían sus cartas a revistas juveniles para contar cómo sus respectivos novios se las han follado en un descampado, el coche de sus padres o el baño de una discoteca, en una sociedad en la que el chismorreo sobre a quién se la ha chupado la petardilla de turno está a la orden del día, personas y colectivos que se autocalifican erróneamente liberadores y modernos nos manipulan convirtiéndonos en seres temerosos de que alguien ataque a nuestra libertad de la forma menos esperada. La mujer confunde la igualdad, tanto ansiada hace apenas un siglo, con la superioridad y el pavoneo que algunas enarbolan en nombre del feminismo. Como en una nueva tiranía colectiva, las mujeres se alzan en el poder, se sublevan hasta rebajar al hombre a la calidad de objeto complacedor de sus deseos, casi esclavizándolo. ¿Dónde va a llegar todo esto? ¿Acaso quieren que todo vuelva a ser como antaño, pero al revés? Las mujeres se han puesto de pie en masa, han sujetado sus respectivas sartenes por el mango y han salido por la puerta con la cabeza bien alta. Demasiado alta, diría yo. Alguien debería recordarles que tengan cuidado de no chocarse contra el marco de la puerta al salir.

Cada polla es un mundo

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Las chicas suelen decir que las pollas grandes son las mejores, que les gustan más, y que cuanto más grandes mejor, sin límite. Prefieren un tronco incomible a una pichita juguetona. Y es imposible que todas las tías del mundo, teniendo en cuenta que hay distintos tamaños de chicas y en consecuencia de vaginas, disfruten con el mismo tamaño de pene: el pollón. El kamasutra habla de tres tipos de mujeres y de hombres, atendiendo al tamaño de su miembro sexual. Así, una mujer coon una vagina pequeña o la cadera estrecha tendría un sexo perfecto con un hombre con el miembro pequeño, y una mujer con una gran vagina disfrutaría con una gran polla. El kamasutra pone un nombre para estos tipos de mujeres y hombres, y habla de las posturas más satisfactorias para cada uno, pero yo me quedo con lo importante: es imposible que a todos nos guste lo mismo. Y si no hay razones físicas para que todas las chicas vayan a la caza del pollón, lo único que puedo pensar es que es todo psicológico, que el porno, el merchandising erótico festivo y el personaje de Samantha Jones en Sex and the city tienen tan abducidas a las chicas que creen que deben buscar el gran miembro por encima de todas las cosas, haciendo que todo lo que no sea king-size pierda su valor. Así, valorando el encanto de lo despreciado, de lo que ha perdido su brillo, de lo relegado al olvido, me reafirmé en mi creencia de que los penes medianos y los penes pequeños tienen mucho que ofrecer. La frase “el tamaño no importa” es una gran mentira. Claro que el tamaño importa, pero eso no significa que lo grande sea mejor que lo pequeño, es sólo que cada una tiene que encontrar su tamaño ideal. Del mismo modo que a unas les gustan los chicos rubios y a otras le gustan con bigotito, cada chica debe descubrir cuál es el tamaño de pene que mejor se ajusta a sus necesidades. Las pollas grandes imponen respeto, irrumpen en la relación de una forma casi violenta, concentrando toda la atención a causa de sus dimensiones. El pollón taladra sin piedad, como si con cada golpe de pelvis te inyectaran una droga orgásmica. Los penes pequeños son inquietos, manejables, como pequeñas mascotas a las que acariciar y besar para que sean felices. Los penes pequeños se mueven con agilidad y visitan lugares que los pollones ni imaginan. La maravilla no es un gran miembro, la maravilla es saber sacarle rendimiento al máximo. Y ser consciente de que en el sexo las pollas no lo son todo.

¿Somos lo que parecemos?

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Hace poco un conocido me dijo que me pegaba el bondage. Es decir, por mi forma de actuar, de hablar, de vestir o de vivir, supuso que me gusta el sexo con ataduras y dominación. Me resultó curiosa la forma con que relacionó una personalidad o un estilo con una práctica sexual. ¿Será cierto que nuestras acciones nos delatan? ¿Hay una relación clara entre nuestras preferencias sexuales y otros ámbitos de nuestras vidas?

Hace tiempo ya que es de estúpidos creer en esterotipos como el del gay juerguista y promiscuo, la lesbiana amargada o el solitario pajero y adicto enfermizo al porno. El aspecto de una persona nos vale de poco si lo que queremos descubrir son sus fantasías ocultas y sus pasiones más profundas, ya que juzgar a un libro por sus tapas no suele llevar a buen camino. Hasta la estudiante más brillante, encantadora y conformista puede ser una gran aficionada al sexo escatológico en sus ratos libres, y a veces el que más presume es en realidad el que más carece. Alguna gente gusta de aparentar lo que no es, mientras otros esconden su verdadero yo por miedo, vergüenza o un simple juego de personajes. Si pudiéramos espiar a nuestros amigos y familiares en sus momentos de cama, seguramente nos llevaríamos una gran sorpresa, y si preguntásemos qué imagina la gente sobre nosotros, también.

Presentación

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No me llamo Natasha. Natasha no es un nombre que cualquier madre ponga a su hija. Personalmente, me parece un nombre horrible, únicamente digno de una guarrilla de telenovela barata o de una monitora de aerobic californiana. Por eso lo elegí, porque es un nombre feo y estúpido que jamás pondría a una hija. Porque no conozco a ninguna chica que se llame así, ni creo que conozca jamás a una Natasha. Decidí crear este blog cuando Sira X, autora del Diario de una tigresa, decidió dejar el suyo. Solía leerla cuando me aburría, y solía masturbarme cuando la leía. A raíz de descubrir su blog, hará cosa de un año, decidí tomarme la vida con un poco más de erotismo y menos preocupaciones. La cosa era sencilla, sólo tenía que darme cuenta de mi sensualidad oculta y sacarla a relucir en todos los ámbitos de mi vida, sexo incluído, por supuesto. Tras un par de relaciones más o menos estables, quería redescubrirme, quería aprenderlo todo sobre el sexo. Sobre mi sexo. Masturbarme se convirtió en un ritual que requería una concentración absoluta. Dejé de pensar en otros cuando lo hacía. Dejé de imaginarme grandes pollas y lenguas juguetonas cuando quería darme placer. Me di cuenta de que la única forma de redescubrir mi propio placer era pensando única y exclusivamente en mi cuando me masturbaba, verme en un espejo, ver mi cuerpo húmedo y caliente. La masturbación se conviritió en una especie de autopolvo. Empecé a follarme a mí misma, en cuerpo y mente.

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