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Mi lengua echa de menos recorrer las curvas de tu cuerpo. El sabor de tu piel suave, caliente por el sol. Las pequeñas montañas de los músculos de tus brazos, que se tensan cuando me sujetas con fuerza, cuando me levantas del suelo y te rodeo con mis piernas, cuando me llevas hasta la pared y aprietas tu cuerpo contra el mío como si quisieras tirar la casa abajo. Mis manos echan de menos hundirse en tu pelo y tirar de él cuando no me dejas gritar tapándome la boca. Arañar tu espalda firme y bajar hasta sujetar con fuerza tus nalgas. Rodear tu pene con los dedos, acariciarlo sin dejar de clavar mis ojos en los tuyos, susurrándote que soy tuya. Mis piernas echan de menos abrazarte, sujetarse a tu cuerpo con fuerza. Sentir la caricia aguda de tus uñas, el fino dibujo de piel enrojecida por ellas. Empujarte con fuerza hacia mí, sentirte dentro, dentro, dentro. Tu calor inundándome y robándome el aire con cada golpe de cadera. Mi cuello echa de menos tus dientes afilados y tu aliento tibio. Tu saliva humedeciendo mi piel ardiente, tu lengua subiendo hasta la barbilla, hasta el lóbulo de mis orejas, mordisqueando con pequeños pellizcos que me enloquecen. Mi cuerpo echa de menos al tuyo, seas quien seas.
Fierecilla joven, salvaje, de uñas y dientes largos, busca un hombre valiente y fuerte que la dome (o lo intente). Caballeros abstenerse, ya está bien de invitarme a cenar y tratarme bien. No necesito cenas románticas, no necesito ramos de flores, no quiero que me quieras ni que me digas lo bonita que te parezco. Quiero que me muerdas los labios y que me metas en tu casaa sin más. Quiero que me desnudes lo justo, quiero que me lamas la piel, quiero que mis bragas cuelguen del cabecero de tu cama. Quiero que irrumpas en mi cuerpo sin pedir permiso. Quiero sentir tus manos grandes y rudas en mi piel, sobre mis tetas. Quiero que lleves mis manos por tu cuerpo, quiero saborear el sudor de tu cuello. Quiero que me folles, que me folles, que me folles durante horas. Dómame.
Me he sentado en el balcón para ver unas bragas rojas que colgaban de un tendal en el edificio de enfrente. Tercer piso, cortinas estampadas de flores y bragas rojas en el tendal. He aquí una abuela picarona que se niega a unirse al club de la faja, bien por la gerontoguarrilla! Mientras estaba en el balcón observando las enormes bragas de encaje he intentado imaginarme a mis abuelas con unas bragas así. Ya que las guardo en mi cabeza con traje de baño, no me fue difícil ponerles lencería fina por encima mentalmente. Y entonces empecé a imaginarme a cientos de personas distintas, hombres y mujeres, con unas bragas como las del tendal de enfrente, y poco después estaba entre el ataque de risa y el calentón descomunal Porque una cosa es imaginarte a tu abuela con bragas de encaje y otra muy distinta pensar en tu primita del pueblo, esa que no se depila las piernas ni el entrecejo y tiene un parecido a Frida Kahlo que sólo le falta la escayola y el vestido de mexicana. Porque tanto Frida Kahlo como mi primita del pueblo tienen un morbo encima que se lo quitaba yo a lametazos, por lo menos. Y si los chicos tenéis una primita algo guarra con la que practicábais en las fiestas del santo patrón, yo no iba a ser menos. Empecé a pensar en todas las cosas que me decía esa deslenguada mientras me derretía en su boca en alguna finca resguardada. Y como no sabía si debatirme entre la risa o el calentón, decidí desenfundar mi juguetito a pilas para que me hiciera sonreír.